los que decidimos no ver
Demencia, el camino más alto y más desierto, oficio de imágenes absurdas, pero tan humanas. Roncan los extravíos, tosen las muecas descargan sus golpes afónicas lamentaciones, semblantes inflamados, dilatación vidriosa de los ojos, en el camino más alto y más desierto. Se erizan los cabellos del espanto y la mucha luz alaba su inocencia. El patio del hospicio es como un banco a lo largo del muro, cuerda de los silencios más eternos. Me hago la señal de la cruz, a pesar de ser judío. ¿A quién llamar? ¿A quién llamar en el camino tan alto y tan desierto? Se acerca Dios en pilchas de loquero y ahorca mi gañote con sus enormes manos sarmentosas mi canto se enrosca en el desierto – Jacobo Fijman
Esas singulares personas me observaban con miradas expresivas, me contaban con bondad las desgarraduras de su alma. – Sergio Brodsky
Tomemos un café y charlamos de cosas que no pueden importarle a nadie más que a nosotros dos.
¡Vení!
Dejame que te lleve a este cumpleaños al que nunca irías si no me conocieras. Te muestro mi cuarto, mis cosas, te señalo mi parte favorita del recorrido que hace el colectivo que nos deja en el colegio mientras tarareo una canción que estuve escuchando el fin de semana.
En el camino también hay otros paisajes. Familias en la calle, un padre y un hijo juntando cartones o dos pibas vendiendo palta rodeadas de tres patrulleros que les roban los cajones.
De repente siento odio. Quiero que te vayas. Borrate de acá. Borrate como la borra del café y hundite en el sueño de un papel lleno de mocos que una vez lloré con amargura. Porque quien se aferra a la felicidad a costa del olvido, de mirar para un costado ignorando al semejante, perderá su condición de ser humano. De un tiempo en adelante, cuando se haya olvidado de la hermana, será un indistinto cuerpo errante y la mejor noche que le aguarde será en la cena del gusano.