fisher o la panadera
Hoy, la cajera en la panadería me dijo que nos merecemos el fin del mundo. Luego fue abordada románticamente por un handyman pelado y de ojos celestes, que le espetó un “sos muy linda ¿por qué nunca concretamos?”. La panadera le respondió que ella es muy difícil y, sobre todo, muy cara. El pelado dijo que en eso se parece a todas las mujeres.
Trump hoy decidió bajarse los lienzos ante Irán (¿eh?), así que el mundo sigue girando. Bueno, el mundo iba a girar pase lo que pase, pero da la casualidad de que mañana vamos a seguir sobre él. No sé qué opinar al respecto. Se me ocurre lo siguiente: banco mucho a Fisher, que dijo que es más facil concebir el fin del mundo que el fin del capitalismo y después se pegó un tiro.
Fisher tenía razón y estaba re basado. Si el tipo que más la vió en los últimos 30 años se mató es para alarmarse. El capitalismo es un monstruo gigante sin cuerpo ni forma, pero en el mundo definitivamente existen los malos y los buenos, y los buenos son casi todos unos mogólicos. Los íconos revolucionarios de los buenos usan pañales y tienen Parkinson’s. Los malos son todos mogólicos. Para los que la buscan, la otredad es un amenity que existe en los edificios más chetos o en los niños, aunque para estos últimos el tiempo se acaba: su infancia será delante de una pantalla y sus padres un LLM de una de tres empresas (cuatro en el escenario más optimista). Siendo realistas, la humanidad está cogida.
Un amigo tucumano sostiene, en un texto, que el circuito cerrado de resonancia en el que cada uno se encuentra hoy no es nada más que el producto de nuestros deseos más profundos, encauzados por los celulares y las computadoras. El capitalismo de la libido se encuentra en una fase decisiva: la de romper para siempre la otredad. Capaz en beneficio o por causa directa de la economía de servicios y de nuestro propio aislamiento.
Me voy a ir en una tangente. Odio profundamente los nombres de marcas cools argentinas, como por ejemplo: Manteca, Café Mar del Plata, Baldo, Blender. Los odio porque les gustan a gente que realmente cree que es mejor que los boludos a los que les gustan los nombres de marcas como: Dale Play Productora, Duki, Bizarrap, Buenos Aires Ciudad, Luzu TV. Se preguntarán si yo me siento mejor que todos. La respuesta es sí. No quiero usar nombres como Yarvin, Land, Fisher o Thiel para parecer interesante; no quiero ser el equivalente al gordo Puán hablando de Foucault o Hegel, peor aún, sintiéndome más actual y por lo tanto con una hipotética pijita más grande. Mucho menos quiero decir que Milei nos está haciendo mierda o sacar una story repudiando el genocidio en Gaza o la dictadura del 76 para sentirme del lado correcto de la historia o de la sociedad. Me chupa la pija ser woke o anti-woke. Muchísimo más me chupan la verga los signos del zodíaco, los que hablan en lenguaje inclusivo, el substack de Martín Menem o los boludos que van a la FUC. Todos me parecen unos idiotas performáticos por igual, orgullosos engranajes de una máquina que hace mucho decidió sus gustos e intereses, su rutina, su destino.
¿Y por qué me siento mal?
Odio que las marcas se pongan nombres cools, pero amo poder pedir unos Franuis a las 2 de la mañana y que a los veinte minutos me toque el timbre un venezolano en bici. El algoritmo no tiene un grupo en el cual ponerme, pero sí participo en las transacciones retorcidas de la sociedad actual. No me arruino la jornada laboral tratando de ayudar a un nene que pide en el subte. Laburo para en unos años morirme de cáncer inducido por microplásticos y polución en una casa un poquito más linda que mis compañeros de curso. Soy mala persona y un pelotudo igual que vos. Capaz el tema es que yo lo acepto, no sé.
La panadera tiene razón y por eso me pone triste. Si lo hubiera leído en Twitter capaz me ponía contento.
Adendo: Un amigo francés me compartió este artículo de Leyla Becha, una politóloga muy piola, que da vueltas sobre la misma cita de Fisher que utilicé en esta entrada. La recomiendo como una lectura parecida a esta pero escrita por alguien con mucho más vuelo, más formada y estable que yo. Leyla Becha - Un cuento criollo